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Este era mi segundo viaje a la República Bolivariana de Venezuela. Un viaje esperado y ansiado por las maravillas que alcancé a ver en 2010. Y no, no me defraudó.

Hace unos días regresaba a casa cuando se ponía el sol y me animé a hacerlo por la vía más larga: a pie, siguiendo la línea del Malecón de La Habana.

En ello andaba cuando me abordó el empleado de un restaurante que me invitaba a entrar con una pregunta: “¿Española?”. A lo que respondí con un no y una sonrisa ligeramente condescendiente. “¿Cubana?”, insistió. Entonces, tras mi lacónico gesto positivo se le escapó un incrédulo: “¡¿Cubana?!”.

Ni siquiera pensé demasiado en esta anécdota hasta después, cuando en una charla de amigos desembocamos en el recurrente tema de los estereotipos. ¿En razón de qué elemento: físico, del comportamiento…, este cubano como yo me confundió con otra persona?

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