Perro

Rottweiler

Hace mucho que Perro no muerde. Ni ladra. Ni mueve la cola. Perro se fue como todos los que se van, sin saber si iba a volver, pero con la idea de hacerlo y la rabia carcomiéndole el hígado por no saber. Perro mide dos metros y cuatro centímetros, pesa 180 kilogramos, que es lo mismo que decir “perro grande”, o “perro magalodonte”, “perro que mete miedo”.

Por eso desde niño aprendió a olfatear la comida de abajo del agua, de la tierra, del basurero, a golpe limpio. Apretaba los puños y sacaba los dientes (no los suyos, sino los de otros). Y la gente le pagaba por eso. Y comía por eso. Entonces soñaba con ser dentista. Pero su cuerpo y su mente insinuaban, acaso muy sutilmente, otra cosa, pedían otra cosa. Perro creció y se hizo boxeador, luchador, fajador, matador.

Rottweiler de perfil

Perro emigró y en Nueva York, no quiere decir en qué parte exacta, conoció a Míster X, un magnate de la calle, con mucho dinero y muchas carencias. Cuenta que molió a golpes a un tipo en la puerta de un bar y entonces Míster X le propuso trabajo como guardaespaldas. “No tengo papeles”. “Eso no importa”. Perro habla como metralleta y casi no se le entiende, escribe en bloque, sin parar y con la soltura que le da la gana, en una muy suya mutación del espanglish. “Tengo un almacén lleno de trastes. Puedes vivir en él. Te doy 700 al mes, con eso vives”. “Por 700 destripo al que te mire atravesa’o, asere”. Perro arrancó cueros, molió huesos y aplastó cráneos. Perro mandó 50 dólares todos los meses durante dos años y medio a la madre que lo parió, monto que compartía con el padre que no lo parió, y con sus cuatro hermanos, que nada tuvieron que ver en dicho parto por ser de otros alumbramientos, claro está. Con 650 le iba, no bien, pero le iba, mejor que allá, dice. De vez en cuando le conseguían una peleíta callejera. De vez en cuando ganaba. De vez en cuando escupía un molar y probaba el sabor del contén. Y de vez en cuando extrañaba, cosa no muy habitual en un perro de su calibre.  En Manhattan todo es bonito en invierno. Y en verano. Mucho más en primavera. El otoño no lo recuerda porque estuvo tieso en cama cuando una paliza que supuestamente debía regalar se convirtió en la paliza de su vida. Y Perro conoció a Yelena en un hospital de mala muerte. Rubia, como es natural. Ojos claro, como es natural. Y zarpó, aunque lo suyo era más bien remar. En Moscú el frío raja las piedras y también los culos…cosa también natural. Pero Perro aprieta fuerte, los brazos, y carga sacos, y no habla ruso ni un carajo, y la gente, que en Rusia no es nada bajita, mira hacia arriba y sonríe cuando pasa el Rottweiler mudo de ojos amarillos.  Así nueve meses. Hasta que nació Olha de la Caridad, ciudadana rusa. Perro se esmeró en el asunto. Ahora padre de una mulatica rusa de ojos verdes, linda como ella sola. Otros siete años. Yelena logra exponer cuatro cuadros en una galería. Luego siete. Después doce. Olhita entra al conservatorio. Piano. Perro orgulloso. Guardaespaldas de su mujer, para no perder la costumbre, solo por si acaso, que la fama trae envidia.

“Mira, de aquí es papá”, y tapa con el dedo lo que intentó señalar en el mapa. Perro tiene unas manos enormes, que según Da Vinci y su hombre de Vitruvio, significa que todo en él es grande, como sus ganas de volver. “¿Te gustaría ir a la playa, Olhita?”.

Autor: Abdul Nasser

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