¿Me das un abrazo?

emociones-abrazos-p

Lo dijo con una naturalidad que me dejó pasmada, porque intuí que detrás de la aparente calma algo se estaba desmoronando. Adiviné que en apenas segundos vendría el llanto, incontenible y callado. ¡Es curiosa la manera en que se desahogan las personas más fuertes cuando las cosas duelen mucho, bien adentro!, pensé y me dispuse gustosa para ofrecerle mi hombro, rodearla con los brazos, dejar que las emociones fluyeran  al ritmo de las lágrimas…que el agobio se fuera poco a poco.

Confieso sin embargo que me tomó por sorpresa. No la había visto llorar ni cuando su única nieta partió de Cuba con apenas tres años, siguiendo la estela de una madre que, a base de puro trabajo y empeño,  se abría camino por tierras muy lejanas. “Ellas tienen que estar juntas, porque se necesitarán mucho”, comentó esa tarde triste, en tanto bebíamos la primera de muchas otras cervezas con las que intentamos engatusar un sentimiento raro que nos corroía cual carcoma.

abrazo
Abrazo de despedida

Creo que fue la última vez que despedí a alguien en ese salón del aeropuerto internacional José Martí  desde el que uno ve como los viajeros entran al punto final de espera, justo antes de abordar. Siempre me pregunté qué pensaban cuando miraban atrás, por apenas unos segundos, todos aquellos seres queridos a los que dije adiós en el transcurso de una larga década.

En la mayoría de los casos tenía la certeza de que volvería a verlos, aunque apretaba bastante en el pecho la desazón por no saber cuándo y el convencimiento triste de que nuestras vidas iban a fluir por cauces ahora muy alejados.

Nunca se los he contado, pero como a todos los que nos quedamos de este lado me tocó la amarga experiencia de acompañar en aquel trance a madres y abuelas que han llorado desconsoladamente desde entonces, aunque casi siempre por los rincones; a padres y hermanos que apenas hablaron en el trayecto de regreso a casa y que vivieron desde esos días como divididos en dos dimensiones: pendientes de qué hora es aquí y allá, de las noticias que vuelan, de los conocidos que van y vienen.

Ella prefirió ahogar las penas con un mar de cervezas, que terminó en una borrachera soberana. Y luego, al día siguiente, imagino que todavía con resaca, volvió a montarse sobre los tacones, a maquillarse, a incorporarse al trabajo, a la vida. “Así es la modernidad, uno tiene que resignarse a que los hijos hagan su camino, salgan adelante”, repetía a quienes le preguntaban.

Perdí la cuenta de todos los proyectos a los que se dedicó en los últimos años: reconstruir por completo la casa familiar, llenarla de perros que la siguen a todas partes, repasar a la vecinita a la que la matemática no le entra ni con clavos, y hasta sumarse a un club de “tejedoras”. Además de esperar y des-esperar: por lo emails que no llegan, por el chat que funciona lento, por el móvil ávido de nuevos mensajes, por el teléfono que no ha sonado este domingo…

Jamás la vi soltar una lágrima, ni un lamento. Eso sí, me llamaban la atención el cuarto posterior de la casa, dispuesto siempre como para recibir a huéspedes muy queridos; los cuadros que se multiplicaban en las paredes, regalando vistas y fondos de geografías diferentes sobre los que posaban felices sus muchachas; o las golosinas que se iba acumulando para las vacaciones  de verano. Nunca hablamos de su dolor, de sus miedos, de una soledad que evidentemente ha terminado por vencerla.

“Me estoy poniendo vieja y sentimental, y creo que no ando muy bien de la cabeza”, me espetó aquella mañana tras el torrente de lágrimas, para luego confesarme que acostumbraba a guardar cuidadosamente la ropa que dejaban sus “nenas” entre un viaje y otro, y que olía esas prendas en las noches de insomnio; o que cuando volvían a irse se pasaba días cocinando para tres y hasta poniendo los platos correspondientes sobre la mesa.

“También discuto todo el tiempo con mi hija cuando están aquí, no sé qué me pasa, les hago una batalla terrible por cualquier bobería, y total, para después arrepentirme”, añadió. “¿Tú crees que estoy enferma?”…

La calmé asegurándole que aquello le pasaba a muchas madres cubanas como ella, que había escuchado historias similares en las visitas escasas que podía hacerles a esas señoras para las que mis amigos, desde sus respectivos países de acogida o de paso, mandaban correos, o recados, o regalos con los que intentaban suplir sus más largas ausencias.

Y recordé casi de inmediato el primer abrazo grande que le di a mi padre a la salida del neurólogo, cuando le confirmaron el diagnóstico del Parkinson: “No hay nada en el mundo que me haga sentir más seguro que saber que voy a tener siempre cerca esos brazos tuyos”, dijo ese día mi viejo.

Se le había caído totalmente aquella coraza que le conocí por años y lucía indefenso, desarmado…precisamente como ella ahora, que compartía conmigo unas lágrimas contenidas durante demasiado tiempo, un llanto que ya no calmaría ninguna cerveza.

Puede interesarle:

Los beneficios de un abrazo

Cada 30 de diciembre se celebra el día mundial del abrazo.

El objetivo es alegrar el día y hacer sonreír a la gente con nuestros abrazos, abrazar la vida y darle un poco de cariño.
Un abrazo:

– No cuesta nada y no necesitas nada más que la voluntad para recibirlo o darlo.
– Te da seguridad y confianza en un momento difícil.
– Te arranca una sonrisa y alegra el corazón,

El abrazo no necesita apoyarse en palabras… y sin embargo comunica tantas cosas….
¿Quién no necesita sentir el calor de un abrazo?

Los abrazos además de hacernos sentirnos bien se emplean para aliviar el dolor, la depresión y la ansiedad. Provocan alteraciones psicológicas positivas en quien abraza y en quien es abrazado.

Acrecienta la voluntad de vivir en los enfermos. Se dice que cuatro abrazos al día son necesarios para sobrevivir, ocho para mantenerse y doce para crecer como personas.

Autor: Yizzet Bermello

Leave Your Comment