Cuidado con los clichés
Hace unos días regresaba a casa cuando se ponía el sol y me animé a hacerlo por la vía más larga: a pie, siguiendo la línea del Malecón de La Habana.
En ello andaba cuando me abordó el empleado de un restaurante que me invitaba a entrar con una pregunta: “¿Española?”. A lo que respondí con un no y una sonrisa ligeramente condescendiente. “¿Cubana?”, insistió. Entonces, tras mi lacónico gesto positivo se le escapó un incrédulo: “¡¿Cubana?!”.
Ni siquiera pensé demasiado en esta anécdota hasta después, cuando en una charla de amigos desembocamos en el recurrente tema de los estereotipos. ¿En razón de qué elemento: físico, del comportamiento…, este cubano como yo me confundió con otra persona?
Sucede que los clichés o estereotipos son trampas complicadas y aparentemente ineludibles. Por ejemplo, aparecen casi todo el tiempo en los entornos publicitarios. Quizás me pongo un poco cáustica, pero cuando me dejo invadir por las representaciones de determinados productos y servicios, a veces tengo la impresión de que anoréxica = atractiva, morena = voluptuosa, consumo = felicidad.
Bueno, ni tan blanco ni tan negro, que todo y todos tenemos matices. Lo que parece bastante claro es que generalizar, cuando de “construir imágenes” se trata, es un recurso que nos viene a la mano de un modo casi involuntario.
Mi padre me contaba que durante un viaje a Buenos Aires sufrió una decepción cuando su joven guía se mostró incapaz de llevarlo a los lugares que Carlos Gardel “inmortalizó” en sus tangos. “¡Pero cómo”, decía mi padre, “si esta es la tierra del tango!”. ¿Es Argentina “la tierra del tango”? Tal vez se trata de un cliché aprendido de tanta imagen que presenta a ese país como tango y más tango.
A menudo me río cuando recuerdo una anécdota que viví durante mi primer viaje a México. En una discoteca de Cancún, un desconocido me invitó a “bailar salsa”. Le dije que no sabía, aunque en honor a la verdad debo admitir que lo había visto incursionar como partenaire de una colega y me había inquietado un poco su estilo. El orgulloso desdeñado casi me ladró: “¿Qué clase de cubana no sabe bailar salsa?”. Los comentarios a esta afirmación se los dejo a mis compatriotas.
A propósito de clichés, una vez me enfrasqué en una discusión inoportuna con una pareja de amigos españoles. El tema: ¿las corridas de toros son un hecho cultural o un acto de barbarie? (Es un tema bastante actual, por cierto). En mi defensa de los susodichos animales llegué a ponerme intransigente. Un sin sentido.
Esperaba una reacción apasionada, puntualmente del hombre, a favor del espectáculo, pero ¡sorpresa!, fue su compañera la que respondió con fervor casi exasperante: no le gustaban las corridas, pero este tipo de tradición debe ser analizada en sus matices. “Los toros han formado parte de la cultura nacional española, especialmente en ciertas regiones, durante años. No es cuestión de ver estos asuntos a la ligera”. Touchée.
Mi primera tentación siempre que he salido a alguno de los otros mundos que existen más allá de mi isleño entorno geográfico, ha sido conocer “lo que es propio de ese lugar”. Sin embargo, a menudo me he visto completamente seducida por elementos poco o menos publicitados de esos lugares, como un paseo bajo la lluvia en la calle Spadina o el simple disfrute de un caffé latte en Toronto. Ya sé, no son “la idiosincrasia” del lugar, ¿o tal vez sí/ya lo son?
Una perogrullada, pero aparentemente no huelga repetirlo: Cuba no es necesariamente salsa, ni Argentina tango, ni España toros. Son países habitados por gente tan disímil que aferrarse a “una” imagen de ellos no solo es pretencioso, sino en extremo agotador. Las personas tenemos tantas apariencias, gustos, poderes adquisitivos, nacionalidades… ¡Y somos millones!
Puede que algunos argentinos, incluso muchos, no estén especialmente sensibilizados hoy con el tango. O sí, pero no los encontramos en nuestro apresurado viaje por una ciudad desconocida y fascinante. Garantizo que muchos cubanos no saben bailar salsa, y otros preferimos mantenernos pegados toda la noche a una silla que bailar con desconocidos.
No es posible incluir todos nuestros intereses, afinidades, añoranzas… en un mensaje publicitario. No obstante, comoquiera que muchas veces lo que ofrecemos es la singularidad de nuestro producto o servicio, quizás podamos aspirar a encontrar ciertos y suficientes rasgos que convoquen a determinado segmento de mercado. Será bastante.
En un mundo lleno de opciones, donde lo que “nos iguala” está por doquier (al menos a un nivel superficial), lo propio es un valor importante. Únicamente habrá que considerar que eso, lo identitario, no es un ente cerrado y definido para siempre. Identidades en movimiento… Eso dicen. Quizás convenga tomarlo en cuenta.









Enviar nuevo comentario