Ese “no sé qué” que habita ciertas ciudades
Una amiga ha colgado en su “muro” de Facebook: “¡Si esta noche fuera en La Habana! O, dicho de otro modo, ¿Dónde está mi Malecón?”. Y yo que tenía la intención de contestar/continuar el post referido a lo autóctono, la identidad, los estereotipos, pues algunas personas me comentaron —con mucho sentido común— que eran temas demasiado serios para abordarlos “a la ligera”, me veo lanzada a la Nostalgia.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la define, en una de sus acepciones, como: “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Pues sí, mi amiga siente nostalgia de su ciudad y yo de la ciudad con ella porque, definitivamente, “cada ciudad puede ser tantas como amorosos la recorren”.*
La nostalgia es un sentimiento que emerge especialmente cuando nos sentimos identificados con un lugar, un grupo de personas o experiencias que consideramos pasadas. También si la vida nos sitúa en un contexto ajeno y nos lleva involuntariamente a “repensar” el lugar que tenemos/queremos en el mundo.
Nostalgia de nuestra identidad, pudiera simplificarse. Así de extraordinaria es esta última noción que, a ratos, parece indefinible e inabarcable, pues se sigue construyendo mientras “somos”/existimos en este mundo.
¿Qué nos aferra a una ciudad? ¿Qué misteriosos elementos definen “nuestro” lugar en el mundo? ¿Qué podemos hacer, en tanto comunicadores, para colocar ese “no sé qué” que habita ciertas urbes en el sitio adecuado, a fin de promover una imagen que no traicione sus esencias?
No pretendo responder esas preguntas en este post. A decir verdad, no conozco las respuestas. Sabemos que la identidad de cada ciudad se construye (como la de las personas, la de un país, la de cualquier evento) en largos procesos de síntesis de sus cualidades esenciales.
Por ejemplo, el carácter cosmopolita de Nueva York se debe a una larga tradición que data de los primeros asentamientos de europeos en el siglo XVII en la zona donde hoy se localiza la urbe, pero cobró auge desde finales del XIX, cuando se convirtió en la puerta de entrada a los Estados Unidos de millones de inmigrantes que buscaban oportunidades en el nuevo continente.
A ese elemento se suma su aspecto moderno, cuyo icono son los rascacielos. Nueva York cuenta con cerca de 4.500 de estos edificios, lo cual, sumado a la diversidad de estilos arquitectónicos y de texturas que confluyen en ellos, le ofrece ese aspecto imponente que la distingue de sus similares.
Con otros matices, París es de las insoslayables. Su historia suma las tradiciones de varias de las más antiguas civilizaciones europeas. La llamada “Ciudad Luz” alcanzó buena parte de su fama desde finales del XVIII, cuando fue testigo de la Revolución francesa, que marcó un cambio de época para Europa.
A su trascendencia histórica se suman numerosos sitios de interés arquitectónico, el hecho de haber acogido por años a importantes personalidades de la plástica, la literatura y la política y una iluminación que le otorga cierto halo “romántico”, lo que la convierte en la “eterna” elección de los amantes.
La apariencia es también uno de los valores de Venecia. Si bien otras ciudades europeas tienen entre sus características arquitectónicas los canales navegables, la italiana es una de las preferidas en el viejo continente.
Se asienta sobre un conjunto de islas en una laguna homónima pantanosa en el mar Adriático y su elemento icónico son las góndolas, reservadas hoy mayormente a los paseos turísticos. El acervo acumulado especialmente desde la primera mitad del siglo XV constituye uno de los principales atractivos de la urbe.
Todos los caminos conducen a Roma. La frase data del Imperio romano, cuando se construyeron más de 400 vías —unos 70.000 kilómetros— para comunicarla con las provincias más alejadas y facilitar la labor de conquista de las legiones.
Hoy día, sigue siendo un lugar recurrente, sobre todo para las personas de origen latino, así como Madrid y otras ciudades españolas parecen ineludibles para quienes tenemos en nuestro árbol genealógico algún ancestro “peninsular”.
Son urbes que han reconocido su singularidad. Esta ha centrado las campañas de comunicación asociadas a su imagen durante décadas. Los potenciales viajeros las reconocen y las visitan una y otra vez.
¿Qué hacer con las otras, las que aparentemente no tienen “ese no sé qué” que invita a descubrirlas? ¿Se pueden “crear” identidades “instantáneas” que resulten atractivas para el más común de los turistas?
No. Simular o recrear esas cualidades “esenciales” de las ciudades puede generar en el público-meta efectos opuestos a los deseados, especialmente cuando “ese no sé qué” ha devenido mítico.
La “regla de oro” sigue siendo el conocimiento profundo de nuestro destino y la capacidad de darle valor a aquello que lo singulariza. A fuerza de vivir nuestras ciudades al ritmo de la cotidianidad a menudo “camufla” cualidades que saltarían a la vista de cualquier viajero más o menos curioso. A fin de cuentas, “cada ciudad puede ser tantas como amorosos la recorran”.
* Verso del poema “Cada ciudad puede ser otra”, del uruguayo Mario Benedetti.









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