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La hospitalidad también se aprende

25
10
2010
Publicado en por Redacción
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Hace unos días, en un intento por resumir a varios amigos las experiencias de un reciente viaje de trabajo a un país que ninguno de los presentes conocía, me encontré de cara con una palabra que no figura en mi vocabulario cotidiano: la hospitalidad.

Sucede que es un gesto que se da por hecho en determinadas culturas: presumimos de ser hospitalarios “por naturaleza” con los extraños, que no es más que ofrecerles buena acogida y recibimiento, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
 
En el ámbito turístico, especialmente en el de los servicios, se sobreentiende la hospitalidad como un valor intrínseco. Debe ser por eso que no es frecuente que utilicemos el vocablo en los soportes publicitarios: lo damos por sentado. Incluirlo como un “valor” sería tan obvio como decir a los pasajeros de un avión que tal o más cual aerolínea es “segura”.
 
En esta esfera, como en nuestras vidas cotidianas, algunas veces la hospitalidad se manifiesta de una manera tan orgánica que parece un don innato. Otras, se hace más visible que es una característica que se construye mediante una educación consciente y rigurosa.
 
Sea cual sea el caso, la hospitalidad encuentra sus bases más sólidas en nociones que debieran ser aprendidas y aprehendidas “desde la cuna” y que están directamente vinculadas con conceptos como civilidad y urbanidad. En pocas palabras: comedimiento, buen modo, buenas maneras.
 
Cuando es un don asentado sólidamente en nuestra idiosincrasia, todo fluye bastante bien. Nos resulta esencial y lo proyectamos en cada una de nuestras acciones rutinarias: desde el tradicional saludo cuando alguien llega, hasta la prestancia con que nos interesamos por ese huésped que necesita nuestra orientación.
 
Entonces la hospitalidad está hasta tal punto incorporada a nuestra rutina que quienes nos visitan llegan a sentirse, si no “en casa”, suficientemente tranquilos entre nosotros. Amparados y protegidos, incluso cuando no tienen razón en algún que otro requerimiento que nos hacen.
 
Que seamos hospitalarios es lo menos que podemos ofrecernos unos a otros. ¿Cómo no serlo con alguien que llega de otro sitio con la desventaja de conocer poco o nada nuestro entorno, especialmente si nuestra función social es acogerlos? (En dos de sus acepciones para este verbo, la RAE comenta: servir de refugio o albergue a alguien; proteger, amparar).
 
En nuestro entorno profesional, la hospitalidad se traduce muchas veces como el don de ser “servicial”. Pero en algunas tradiciones culturales la interpretación de ese vocablo topa frecuentemente con un equívoco: su equiparación mecánica con la palabra “servilismo”.
 
Ello me recuerda una escena de la película italiana La vida es bella, de Roberto Benigni. En la primera parte de la cinta, el tío del protagonista, quien trabaja en un hotel, trata de enseñarle al joven “los trucos” del oficio. “Servir no es ser servil”, le alecciona en un momento en que para justificar su falta de habilidad en el restaurante el sobrino asume una actitud casi genuflexa.
 
El diccionario de la Real Academia dice que “servicial” es alguien que sirve con cuidado, diligencia y obsequio. Por otra parte, “servil” es alguien bajo, humilde y de poca estimación.
 
Ser hospitalario comprende nuestra disposición a servir a los demás. Pero, ¿prestar un servicio conlleva asumir una actitud servil y someternos a las opiniones más descabelladas de los que lo solicitan?
 
Se trata de una posición extrema, por supuesto. Otra es la reacción casi infantil de aquellos que, para no sentirse serviles, renuncian a hacer ni más ni menos que su trabajo: recibir, acoger, mostrar respeto y buenos modos a quienes llegan a sus predios como huéspedes; asumir conscientemente el papel de anfitriones.
 
Brindar un servicio no nos obliga a denigrarnos. Por el contrario, mientras más seguros estemos de nuestra profesionalidad y calidad humana, nuestra proyección de cara a los clientes o a “los otros” en general puede resultar en una imagen más hospitalaria, que es decir cálida, sociable, cívica.
 
Debe ser por eso que cuando los amigos me preguntan: ¿qué tal te parecieron tus anfitriones?, me encuentro de cara con una palabra, aunque no figure en mi vocabulario cotidiano: la hospitalidad.

La hospitalidad tambien se aprende

Excelente Articulo.
Resido en Francia y en este pais tan avanzado aun la nocion de servicio se asocia aservilismo.

Es curioso, sí, que esa

Es curioso, sí, que esa noción de servicio como sinónimo de servilismo no dependa directamente del nivel de desarrollo o del nivel de instrucción que se espera mayoritario en países desarrollados. Me inclino a pensar que se trata de una cuestión cultural, acentuada en determinados contextos por patrones de conducta (como puede ser el machismo, por ejemplo) transmitidos de una generación a otra.
Puedo atestiguar que hay países del llamado "Tercer Mundo" donde esta actitud es muy rara, como hay países altamente desarrollados donde a un nivel muy popular las personas tienen incorporada la hospitalidad y el buen trato como una especie de signo de idiosincrasia.

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